Dèjá vu y reencarnación…

He recibido dos “flashes” memorables, primero he visto soldados de a caballo acercándose a la frontera –hoy Rumana-, son parte de la caballería que los Habsburgos despliegan para frenar y en lo posible hace retroceder a los terribles jenízaros otomanos.

Su leve trote los despliega sobre una pequeña colina entre árboles de ramas altas que dejan ver a los soldados infantes de ambos lados que se van acercando. No huelo más que el hedor del miedo de bestias y humanos, su tarea será de pinzas. Visto los ropajes de un caballero Austro-Húngaro.

Escucho un clarín, con rumores armónicos de fondo, mi yo actual la reconoce: es una obra de Leopold Mozart, un Concierto de Clarín y orquesta, que muestra un extraordinario compositor y maestro del que sería el gran Wolfgang Amadeus. Dura unos hermosos minutos; reúne en sus notas no solo el trote de los caballos y el galope de tantos corazones sino las ansias, los amores, las tristezas y alegrías de todos esos muchachos jóvenes, que la mayoría, casi no conocen los placeres de estar vivos y que en unos minutos se enfrentarán con la muerte.

Para la música y en el profundo silencio suena la orden de cabalgar rápido, tratando de rodear los flancos del enemigo. Ya solo oigo el galope y mi propia respiración. Mi mano crispada me duele rodeando la empuñadura del machete anticipando lo que casi seguramente vendrá. Solo trataré de vender cara mi vida, estoy en la circunstancia y haré lo que la sociedad pide de mí.

No hay honor ni gloria en pelear humanos contra humanos, por las creencias que sean, solo la brutalidad extrema, la sangre, caballos que caen y aprisionan a sus jinetes, que son masacrados con repetidos golpes de armas blancas, sin poder casi moverse. Sangre por todas partes, vísceras desparramadas y el terrible olor acre de la bosta, del orín y del resultado de la tortura general.

Me siento muy golpeado, la vista borrosa, casi negra y algo crece en mi garganta y no me deja respirar, a mi lado veo una mujer joven muerta, parece embarazada……

Por suerte siento un piano y una armonía celestial detrás, en unos minutos esa melodía me consuela. Es uno de los pocos Conciertos de piano de Chopin- casi el único-escrito en su corta vida.

Sentí en un instante el fondo romántico de su existencia, las notas me hablaban más que mis propios recuerdos, su amor virgen esperando a su igual, que nunca llegó, sino una mujer rara, escritora, que gustaba disfrazarse o travestirse de hombre, Aurelia Dupin (o George Sand), que lo cuidó, hizo de madre, hermana, amante y ramera cuando era necesario. Lo cuidó hasta el fin de sus días y lo impulsó siempre para que no dejara de crear y hoy lo conocemos tan bien por ella.

Como es el mundo akáshico, conocí en mi infancia a la madre de un viejo tío político llamado Venancio Dupin, uno de los creadores de la Franco –Argentina, Seguros; esta señora era sobrina nieta de Aurora Dupin. A través de ella los espíritus de el gran Federico y el mío se tocaron por un instante.

En mis regresiones me he visto en la vida pasada: Al final-todas las vidas pasadas tienen un final-: Una chica embarazada que salta a las vías del metro de París.

Estos son algunos de mis déjà vus o como quieran llamarle. De este modo se me presentan hoy las cosas que escribo, muchas me las reservo por pudor. Esto confieso que lo he escrito con lágrimas en mis ojos. Siento el sufrimiento de todas las épocas. Espero con ansias un mundo mejor, sino no volveré a renacer, lo juro!.

por Manlio E. Wydler

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