¿Qué son los Orishas y cuáles son?

Los orishas son divinidades del panteón yoruba, para hablar de ellos hay que remontarse a las religiones y creencias de la cultura africana, entre ellas la lucumí.

Al igual que Hércules y otros seres análogos de la mitología griega, los orishas, eran considerados seres mortales que por alguna razón devinieron en seres divinos. Cometiendo actos heroicos, consiguieron la aceptación de los pueblos en donde vivían, de manera similar a la de muchas de las historias griegas que conocemos.

La mayoría de los orishas venerados por el pueblo yoruba fueron reyes o grandes líderes por que contribuyeron al progreso económico y territorial de su civilización. Fueron grandes guerreros y políticos de su tiempo.

La creencia yuruba basa su pilar en la creencia de la reencarnación de las almas que van evolucionando vida tras vida hasta su eterno descanso en un lugar llamado Orun.

La creencia yoruba, a su vez, ha conseguido instalarse en las sociedades más desarrolladas de occidente. Al punto que hoy se encuentran variantes muy arraigadas en Cuba, México y Estados Unido, de la cual se han nutrido de la propia idiosincrasia de cada lugar convirtiéndose en una creencia aceptada y practicada desde hace ya muchos años por seguidores de todo el continente.

Su origen en América se remonta a la época de la esclavitud africana, y ha podido sobrevivir coexistiendo con otras creencias de occidente hasta nuestros días, gracias al gran fervor con el que lo practican su cultores.

La variante cubana es conocida con varios nombres, entre los que se destacan: lucumí o simplemente «santería». Este último es el término con el que más se lo conoce, y es por eso que uele asociarse a la videncia o al arte de la adivinación. Sin embargo, los orishas y los videntes no tienen nada que ver.

En efecto, los orishas no son videntes de los que podemos encontrar en sitios de videntes sino que representan lo que en las tradiciones griegas conocíamos como «semi-dioses». Puesto a que para cada dios de los yurubas existen uno o varios orishas que vienen de él.

Las deidades más populares y conocidas de los yurubas son Obbatalá, Shangó, Yemayá, Oshún, Elegguá y su principal deidad Olodumare, el Dios supremo, entre otros. Al igual que otras creencias, cada uno posee sus características, colores, fechas, numerología, etc.

En resúmen, podemos afirmar que aunque ésta creencia posee fuerte arraigo en la cultura y creencias africanas y a pesar de estar notablebente impregnada de magia y de superstición, sus seguidores son numerosos y en ella encuentran una razón por la que vivir y en qué creer.

La fisiología del miedo

Un monstruo bajo la cama

Desde que comenzamos la redacción de éste blog, se han escrito una gran cantidad de historias de terror. Hemos recordado muchas leyendas populares como la de la Llorona, o algunos de los mitos urbanos más conocidos como el Pombero de Misiones o Slenderman, que se encuentra fuertemente arraigado al legado de las historias sobrenaturales de la creencia popular anglosajona. Cada pueblo o cada región de éste inmensurable planeta, contienen algunas de las historias más insólitas o increíbles que pueden llegar a desvelar al más escéptico lector y producir esa sensación que es buscada por muchos. «El susto» o «el Temor».

¿Por qué será que las historias de terror o de misterio nos apasionan? – Creo firmemente que se trata del conjunto de sensaciones que nos transmiten. Lo desconocido o aquello que creemos que no puede suceder, es lo que probablemente más nos atrae, y por ese simple motivo, el terror nos encanta.

A veces, incluso, no es necesario que la historia esté compuesta de un largo texto o ser la película más larga, para provocarnos ese sentimiento de desesperación o esa ambigua sensación de descreimiento y curiosidad. Un corto cinematográfico que vi recientemente demuestra ésta afirmación. Incluso un simple párrafo puede contener en sí una gran cuento de terror. Si no me crees, lee las siguientes líneas. Imaginemos cada situación de las descritas debajo en primera persona y verás que tengo razón:

Debajo de la cama

Mientras arropaba a mi hijo en su cama, me dijo: “Papi, mira debajo de mi cama, para ver si hay monstruos”. Para complacerlo, me asomé debajo de la cama y vi a mi hijo que tembloroso me decía: “Papi, hay alguien más en mi cama”.

Un monstruo bajo la cama

El llamado.

Escuché a mi madre llamarme desde el sótano y acudí a ver que quería, pero antes de bajar las escaleras mi madre me tiró de un brazo diciéndome: “Yo también lo escuché”.

La risa del bebé.

La risa de un bebé es hermosa, cuando no las escuchas a la madrugada sabiendo que vives solo.

Si después de leer éstas historias breves no sientes un poco de temor, es porque seguramente eres un fantasma deambulando por los confines del limbo. Porque todo aquello que no podemos explicar racionalmente, ya sea una historia sobrenatural o un hecho concreto que nos ocurre en el trascurso de nuestra vida, necesariamente debe transmitirnos un sentimiento de ambigüedad o de confusión, me refiero a cuando contiene elementos inexplicables o al menos de curiosa procedencia.

Esta mezcla de sensaciones, son producto de un estímulo de nuestro organismo, que responde sin dudarlo a una situación concreta. Supongamos que la situación es real, como por ejemplo, nos persigue un asesino. El miedo hará que nuestro cuerpo reaccione al inminente peligro que estamos expuestos, acelerando significativamente los latidos de nuestro corazón y aumentando de la presión sanguínea. Esto ocurre porque el cuerpo se prepara para la huída y lo anterior contribuirá a correr más rápido. Del mismo modo nuestros músculos se tensionarán ofreciéndole al cuerpo mayor reacción para posteriormente correr más de prisa. El miedo estimula numerosas partes de nuestro organismo ya que nuestro cerebro libera neurotransmisores que nos preparan para enfrentar de alguna manera el acechante peligro. El miedo, el pánico o el terror, no son más que respuestas a determinadas situaciones a las que nos exponemos.

De igual modo, cuando leemos un cuento de terror o cuando vemos una película, se activan las mismas herramientas en nuestro cuerpo, generando sensaciones similares a las explicadas.

La diferencia entre el miedo real (Como el caso del asesino que nos persigue de verdad) y el imaginario o fantástico. (Sucesos paranormales o creencias instauradas como falsas por el escepticismo común), es que éste último se produce por pequeñas contradicciones a las que nos enfrentamos mientras somos parte de esa historia irreal. (Mientras vemos la película o leemos un libro) Una contradicción entre lo sabemos que no existe y lo que ocurre mientras nos sumergimos en la historia. Nadie espera encontrar a un monstruo dentro del ropero en la vida real, pero si en una historia dicho monstruo aparece, la contradicción irracional con lo habitualmente concebido, nos provocará esa sensación de incertidumbre y/o temor. No dará miedo, casi con total certeza.

Así las cosas, los apasionados al horror podemos asegurar que no hay mejor sensación que la que nos provocan los cuentos y las películas de terror.

La leyenda de la llorona.

La iglesia de los 9 fantasmas

Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México se recogían en sus casas con el toque de queda, avisado por las campanas de la primera Catedral; a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.
Un Alma en Pena

Las primeras noches, los vecinos se resignaban a santiguarse por el temor que les causaban aquellos lúgubres gemidos, que según ellos, pertenecían un ánima del otro mundo; pero fueron tantos y tan repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir a las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las oscuras noches o en aquellas en que la luz pálida de la luna caía como un manto vaporoso lanzaba agudos y agónicos gemidos.

Vestía la mujer un traje blanco y un espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad, cada noche tomaba distintas calles, pero siempre pasaba por la Plaza Mayor (hoy conocida como el Zocalo de la Capital), donde se detenía e hincada de rodillas, daba el último angustioso y languidísimo lamento en dirección al Oriente; después continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo y al llegar a orillas del lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sombra se desvanecía entre sus aguas.

«La hora avanzada de la noche, – dice el Dr. José María Marroquí- el silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar de aquella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas, formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de La Llorona.»

El Origen de La Llorona
El antecedente mas conocido de la leyenda de la llorona tiene sus raíces en la mitología Azteca. Una versión sostiene que es la diosa azteca Chihuacóatl , protectora de la raza. Cuentan que antes de la conquista española, una figura femenina vestida de blanco comenzó a aparecer regularmente sobre las aguas del lago de Texcoco y a vagar por las colinas aterrorizando a los habitantes del gran Tenochtitlán.

«Ay, mis hijos, ¿dónde los llevaré para que escapen tan funesto destino?», se lamentaba.

Un grupo de sacerdotes decidió consultar viejos augurios. Los antiguos advirtieron que la diosa Chihuacóalt aparecería para anunciar la caída del imperio azteca a manos de hombres procedentes de Oriente. La aparición constituía el sexto presagio del fin de la civilización.

Con la llegada de los españoles al Continente Americano, y una vez consumada la conquista de Tenochtitlan, sede del Imperio Azteca, años mas tarde y después de que murió Doña Marina, mejor conocida como la «Malinche» (joven azteca que se convirtió en amante del conquistador español Hernán Cortés), se decía que esta era la llorona, la que venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sometieran.

Las «Otras» Lloronas
Esta leyenda se extendió a otros lugares del País, manifestándose de diversas maneras. En algunos pueblos se decía que la llorona era una joven enamorada que había muerto en vísperas de la boda y traía al novio la corona de rosas blancas que nunca utilizó.

En otras partes, se creía que era una madre que venía a llorarle a sus hijos huérfanos.
Algunos afirman que es una mujer que ahogó a uno de sus hijos y por la noche lo busca a lo largo de los riachuelos o quebradas, exhalando prolongados lamentos.

Otra descripción de la llorona es la siguiente:
Mujer de figura desagradable, alta y desmelenada, de vestido largo y rostro cadavérico. Con sus largos brazos sostiene a un niño muerto. Pasa la noche llorando, sembrando con sus sollozos lastimeros, el terror en los campos, aldeas, y aún en las ciudades.

Se hace referencia a este personaje acorde con la tradición oral, donde se le define como una madre soltera que decidió no tener a su hijo y por eso aborta, acarreándole esto el castigo de escuchar permanentemente el llanto de su niño. Este castigo la desesperó y la obligó a deambular por el mundo sin encontrar sosiego, llorando, gimiendo e indagando por el paradero de su malogrado hijo.